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Exposición Sergi Aguilar en blog Eva Muñoz

No sé qué fue. Llegué completamente virgen. Por no saber, no sabía ni el nombre del artista cuya exposición iba a ver. Sencillamente, había quedado allí con F. y sentía curiosidad. Bendita curiosidad. Como no conocía a nadie, salvo a F., que hablaba con amigos o conocidos, pude dedicarme tranquilamente a ver lo que se mostraba, primero sin acompañamiento de ninguna clase, luego con la dosis justa de alcohol que, digámoslo así, derriba barreras a la asociación libre. O tal vez simplemente proporciona una agradable y particular distorsión.

Lo cierto es que me sentí bien. De pronto sentí una gran simpatía, cariño, incluso, por la persona que había hecho aquel trabajo, por el artista, vaya. Digo que no sé qué fue y no pretendo que esto constituya ningún tipo de crítica de arte. Esto es mi cuaderno. Mi diario. Por algún motivo que desconozco sentí que quien había construido y dispuesto aquellos objetos y fotografías en aquella sala trataba de cuidarse, cartografiaba de algún modo el espacio, el espacio a habitar, este espacio inhóspito en el que andamos, lo reconocía, lo humanizaba. Sí, no era tanto una cuestión de reconocer como de humanizar, de hacer del entorno algo que cuide y no que agreda. Y ahí, en ese trabajo de cuidarse, no desde el estéril egoísmo contemporáneo sino desde el reconocimiento de la fragilidad propia y de todos nosotros, es donde sentí una honda simpatía, proximidad, por el creador de aquel mundo precario.

¿Fue el uso de un material como la escayola, como me sugirió F., lo que disparó esa percepción del cuidarse en mi interior? Es probable, ¿por qué no? Pero eso, creo, tendría mucho sentido. Y el tamaño de aquellos suaves montículos blancos, la dimensión de todo, en verdad, la pequeña escala, la delgadez de los hilos, la equilibrada disposición de planos y secciones en la pared, y aquella suerte de refugio endeble, de pequeña dimensión también, una maqueta, a escasos centímetros del suelo, que automáticamente me trajo a los labios el título de aquella película, Take Shelter. Pero esto no era un refugio nuclear construido por un hombre neuróticamente asustado. Aquí había alguien tratando de evitar aquel abismo.

El artista es Sergi Aguilar y la galería es Estrany – de la Mota, de donde procede la fotografía de más arriba. Luego acudimos a otra exposición apenas unos números más arriba o más abajo en el mismo pasaje con naranjos del Ensanche. Allí había otra exposición en miniatura, radicalmente distinta, muy bella: una serie de sellos que reproducían desnudos femeninos de grandes pintores dispuestos en una hilera a lo largo de tres de las paredes de la sala de la galería ProjectesD. Me dijo F. que el autor de la obra, Hans-Peter Feldmann, suele llevar a cabo este tipo de trabajos a partir de series de objetos lo que, en su radical diferencia con lo que acabábamos de ver, me hizo traerlo, no obstante, hacia el mismo territorio sensible, pues aquella colección del artista me transmitía esa misma idea de construirse un espacio propio.  Y pensé que en este tiempo precario e inhóspito en el que vivimos, el arte puede o necesita sin duda expresar el dolor y el desasosiego que ello produce, pero también, por fortuna, algunas maneras de sostenerse.