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Estrany de la Mota en blog Eva Muñoz

Tres categorías formales: textura, trama, abstracción. ¿Seguro? ¿Qué es una textura sino un tejido, un texto, una narración? ¿Qué es una trama? Lo más interesante de la exposición comisariada por Fede Montornés que se inauguró ayer en la galería Estrany de la Mota es su permanente y espontánea fuga hacia la narratividad a partir de un planteamiento puramente (o tal vez sólo en apariencia) formal. Una fuga íntimamente vinculada a la naturaleza orgánica a la que remiten las formas y los materiales.

Es una propuesta valiente y muy oportuna esta concepción abiertamente formalista, en un momento en que la supuesta o aparente democratización de la expresión artística tiende a reducirla a experiencia de producción y consumo, a práctica fuertemente vinculada a la definición del yo pero más desde una perspectiva de autocontrol y sometimiento a la moda que de ejercicio de libertad e indagación.

Sin embargo, lo que realmente me ha interpelado de la propuesta de Montornés es que, de algún modo, todas aquellas obras y, desde luego, todas ellas vistas en su conjunto, no hacían sino recordarme, desde la abstracción, que somos seres narrativos. Que precisamos de la creación de narraciones (tramas) que nos sostengan y doten de sentido a nuestra experiencia.

Nos las construimos desde luego con la ropa que vestimos (José Antonio Hernández-Díez), pero también la sucesión de delgadísimos trazos verticales, horizontales y oblicuos alternando el color rojo y negro de los cuadros de Gonzalo Elvira que nos remiten a un código binario, a un sistema de cómputo, contienen una narración en ese afán por registrar el tiempo. Y a su vez, esta última tentativa y la forma gráfica que adopta, sugieren al espectador distintas narraciones, alguna de las cuales podría incluso coincidir con la que el artista nos relata a un grupo de asistentes: que esos dibujos dan forma a una lectura, a un trabajo de investigación de índole personal que parte del descubrimiento de un paralelismo entre los sucesos de la Semana Trágica de Barcelona y otros acaecidos en Buenos Aires, ciudad de la que viene y a la que fueron a parar anarquistas de muy distinta procedencia y que han dejado el color de sus banderas en esos trazos, como el número de las leyes que los condenaron o el cómputo del tiempo que pasaron en prisión… Pero nada de eso importa, es decir, todo eso le importa a Gonzalo Elvira y a los protagonistas de aquellas historias y nos concierne a todos, claro, pero lo que de verdad importa es hallar nuestra propia conexión con esas líneas delgadas como individuos vistos desde muy lejos, dese cualquier otro tiempo o lugar…

La escritura, también el trazo del artista sobre una superficie, es siempre una forma de (re)conocimiento. El persistente trazo de Meyer Vaisman tras lo que parecen marcos de puertas y ventanas y que semeja la trama de un tejido, no es sino su firma mil veces repetida en una incesante búsqueda de reconocimiento, probablemente propio y ajeno, lo que a su vez se abre inevitablemente a la narración de su vida, de su circunstancia… o a la de cualquiera de quienes observamos esa búsqueda.

Narraciones hay también tras los remolinos que succionan las fechas de los calendarios de Sara Ramo o tras esa falda, cabellera o pubis tejido por con tiras de las omnipresentes noticias de economía del periódico, tras los trazos que parten de distintos puntos pero reiteradamente confluyen en uno solo de José Damasceno, y en la huella que queda en lo que parece el mantel de papel de una fiesta infantil de cumpleaños (José Antonio Hernández-Díez). También esos mosaicos de Patricia Esquivias me parecen una suerte de modestos diarios personales en los que, pieza a pieza, va dando cuenta de algo, va componiendo una trama que dé a ver el paso de los días, deja un rastro que persista.

El rastro, la necesidad de pautar el espacio, el tiempo, se expande hasta el suelo de la galería (Wilfredo Prieto)…