La poètica íntima i lúdica de Regina Giménez

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Al capítol 41 de Territori Contemporani descobrim el Museu d’Art Modern de Tarragona (MAMT), visitem el Palau de Casavells, un edifici històric del s. XIV que és la seu empordanesa de la Galeria Miquel Alzueta, i coneixem l’obra de Regina Giménez. A través de l’experimentació amb llenguatges i tècniques artístiques diferents, l’artista proposa una aproximació poètica i íntima a la nostra relació amb l’espai i el temps.

“Som natura”: Àngels Ribé a Territori Contemporani

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Al primer capítol de la nova temporada de Territori Contemporani, que es va poder veure anit a les televisions de La Xarxa, vam conèixer l’Àngels Ribé, un dels referents de les pràctiques contemporànies al nostre país i Premio Nacional de Artes Plásticas. Ribé, que entén l’art com una actitud oberta a l’aprenentatge i a l’expressió de la nostra creativitat, porta cinquanta anys reflexionant a travès de l’art entorn la nostra interacció amb la natura. “Som natura”, diu.

Vam voler reprendre el progrma acostant-nos a Igualada, que ha passat temps particularment durs darrerament, a on vam conèixer el Museu de la Pell. I vam acomiadar el programa al Centre Muxart de Martorell amb una idea de la nostra artista convidada que llancem com a testimoni per a qui la vulgui recollir: “Crear et converteix en una persona sense por”. Fins al proper diumenge!

Vuelve Territori Contemporani

El domingo 8 de noviembre se estrena la segunda temporada de Territori Contemporani, programa del que soy guionista junto a Fede Montornés y que pretende dar a conocer las plataformas de difusión del arte y el pensamiento contemporáneo a lo largo y ancho de Cataluña. Porque hay vida, y muy interesante, fuera de Barcelona.

Será todos los domingos a las 22.05 en las televisiones de La Xarxa. ¿A que con la que está cayendo no se os ocurre nada mejor que hacer a partir de las diez de la noche? ¡Este año reventamos audiencias!

Por cierto que el programa ha sido nominado esta semana como finalista a los Premis de Comunicació Local 2020 que se fallarán el próximo 11 de noviembre. ¡Os seguiré contando!

El fallecimiento considerado como una de las bellas artes

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ESTE ES EL TÍTULO DE UN TEXTO que no es mío sino del músico y compositor Javier Navarrete. Se lo dedica al también músico, compositor y escritor Víctor Nubla, al que yo no conocía sino de oídas y que acabo de descubrir a través de su página web, y del escrito de Javier, por supuesto. Ya no lo voy a conocer de otro modo porque murió el pasado 31 de marzo. Así de peregrino es todo este asunto.

Y como últimamente ando escasa de invitados dada la coyuntura, he decidido abrir una nueva sección en mi blog dedicada precisamente a eso, a acoger a amigos o desconocidos: un salón mínimo abierto a todos aquellos que hagan buen uso de su inteligencia y dones naturales o adquiridos.

Hablar con fantasmas, Víctor Nubla. Acuarela (2012)

In Memoriam Victor Nubla

Víctor Nubla, uno de los grandes escritores y músicos de nuestro tiempo, ha decidido traspasar por fin los límites del Barrio de Gracia y sumergirse en el ancho mundo. Mejor dicho, pues no era hombre de medias tintas, ha decidido anegarse en él, fundirse, metalizarse, autoelectroencefalografiarse al sol y con la luna por sombrero.

Es inevitable referirse a un finado, sobre todo cuando todavía está caliente, como alguien próximo a nosotros, alguien que despertaba sentimientos de adhesión y hormonas de compañerismo. Alguien que al menos estaba dispuesto a revelarnos cuáles eran las mejores tapas disponibles en los bares cercanos. De ahí la patética retahíla de plañideros que han publicado artículos en los medios locales que lo caracterizaban como un interesante agitador cultural, mucho peor, un ’personaje’, léase un tonto del pueblo.

Eso es falso, por supuesto. Y lamentable.

Es cierto que él hizo del barrio de Gracia, nunca mencionado en su literatura, que sepamos, el ámbito natural de su existencia y de su vida como socialite, pero solo en el sentido en que Montaigne usó el castillo de Montaigne o Proust la cama de su casa en el bulevar Haussmann: como un entorno no excesivamente intrusivo, un hábitat tolerable, un modelo del mundo a escala, cuya mediocridad, en el sentido de justo medio, hacía inútiles las tentaciones viajeras o las ansias de conquistar otros ámbitos.

Pero eso no autoriza a nadie a proclamarse su prójimo. Y menos aún con la relamida hipocresía del gacetillero que te atiza una palmada en la espalda cuando menos te la esperas.

Porque a pesar de que Victor, bondadosamente, no se habría opuesto a ninguna aproximación no violenta, no puede negarse que él se ha ido siendo un perfecto autoignorado, no explicado sino implicado (en el sentido que les da a estos términos el físico cuántico David Bohm), un tanto lejano, hipogravitatorio como un globo destinado a descompresionarse en futuras oleadas de entretenimiento, placer, perplejidad y por lo tanto iluminación.

No explicado, digo, aunque es cierto que, en vida, reveló en una obra memorable seis formas aún más memorables de preparar el rape, o, en otra, el placer de orinar mientras por la radio, que tenía oportunamente dispuesta en su cuarto de baño, el publico de un concierto de música clásica le aplaudía con entusiasmo.

Reveló catálogos extraordinarios, bestiarios hilarantes, universos perpendiculares. Reveló, prolijamente, los Hechos Pérez!

Incluso reveló a unos pocos elegidos, entre los que me cuento, y no lo hizo con falsa modestia sino con un aplomo destacable, que su obra favorita entre su vasta producción era un cartel adherido al tablón de anuncios de un bar cualquiera en el que ofrecía Cursos de Autodesprecio, con su número de teléfono repetido en la parte inferior como recortable para los interesados. Cuando asistí al vernissage de esa exposición, no mucha gente había mutilado la obra con la intención de apuntarse a esos cursos, o quizá, por respeto al original, los interesados se habían limitado a anotar su número en la agenda.

O sea que es posible incluso que Victor Nubla transmitiera, y por un precio módico, el secreto profundo del autodesprecio, del que andamos tan escasos y necesitados. Pero me permito dudarlo, pues en su momento también a mí me pasó inadvertida la oportunidad de adquirir esa clave para dar un salto cualitativo en mi vida y ahora ya es demasiado tarde, porque Victor ha soltado el lapicero y porque lo mejor de su legado era, y con ello creo llegar al epicentro de esta cromológica -que no necrológica-, de naturaleza inefable, intrascribible, irrepetible e indemostrable.

He dicho antes que Victor era un socialite sin insinuar que alguien como él podría o debería haber sido un misántropo, a pesar de que sus autoediciones más lujosas se llamaban justamente Biblioteca para misántropos. Al contrario, era perfectamente adecuado a su temperamento mediterráneo (en el sentido también de pertenecer al justo medio de la tierra) promover o apoyar actividades que tuvieran como objetivo expandir la calidad perceptiva, la inteligencia y la tolerancia de sus vecinos, o de los curiosos llegados desde otros puntos de la ciudad o del planeta.

Dicha sea la palabra tolerancia sin implicar que su música era difícil o malsonante. Su música era lo que era: un ensayo contra la rueda, un refinado tratado sobre los frenos, una sinfonía autónoma destinada a generar una teoría de las excepciones musicales.

O, como él escribió refiriéndose por supuesto a otra cosa, su música era, y por fin lo citamos literalmente, ’un elemento de consulta. Un país abierto a la comezón, un método para provocar la sordera. Un codificador. Pan. Diversas formas de manifestar alegría (varias de ellas letales). Coincidencias y el misticismo de las plantas de los pies. La posición vertical inversa. Las raíces en el cielo, el suelo como techo. Las estaciones como desvíos. La temperatura como señal. Algo como substancia y un gato llamado Dionisio’.

Es decir, su música era multiversal, como él, y además no creo que él le prestase ni más ni menos atención que a sí mismo.

Porque, como en el caso de muchos grandes artistas, una de sus mejores obras si no la mejor, fue justo este olvido de sí mismo en que consistió su propia vida. Y su fallecimiento. Y explicaremos por qué: primero, porque Victor no sucumbió a la enfermedad del momento, sino a otra cualquiera, que ignoro, pero que supongo más exclusiva: quizá una de esas formas letales de manifestar alegría que él menciona de forma nada enigmática. Y segundo y aún más importante, su fallecimiento fue una obra de arte en su timing, porque es increíble pensar que a una inteligencia superior como la suya se le escapase el hecho de que la humanidad está entrando en este preciso momento en la última fase del Kaliyuga: la fase de la guerra biológica, cuya finalidad última es, bajo pretexto de defender a la población de sus peligros, el control de la misma por medio del 5G y sus aplicaciones, mejor dicho la transformación de las propias personas en una aplicación para teléfono móvil que se pueda rastrear, procesar y trasplantar al blockchain sin dejarse en el intento ni un uno ni un cero de metadata.

Semejante pretensión totalizante y cuantizante no podía dejar de atacar a un patafísico, es decir a alguien que se ocupa de la elaboración infinita -e imposible por definición- de una ciencia de las excepciones.

Más simple: la transmutación de la cognición humana en una ristra de números es una operación intolerable para un gentleman.

Y eso es lo que él era: aún más que un caballero, un rey de su propio mundo y, por lo tanto, de todos los mundos posibles. Y como un rey, decidió cuándo había llegado el momento de irse con la música a otra parte: el momento a partir del cual ya no se admitirán las excepciones sino que, al contrario, todo serán fabes contades!!!

Y así nos ha dejado a nosotros, amigos, heridos también de muerte, entre las estrellas.

Fondo do mar, Víctor Nubla. Acuarela (2006)

Parásitos (the devil is in detail)

¿Vio Bong Joon-ho la Viridiana de Buñuel? (apuesto a que sí). Porque yo anoche vi la santísima cena del aragonés en la cena de la familia “okupa” del coreano. Brillante e inteligentísima me pareció “Parásitos”, empezando, desde luego, por el título. El título responde a la perfección a la reflexión y escenificación acerca de las sociedades profundamente desiguales en las que vivimos, donde si unos poseen en exceso y otros están completamente desposeídos, el único modo de subsistencia de los segundos es parasitar a los primeros. Desde un punto de vista animal, punto de vista ineludible por otro lado, ese es el equilibrio al que conduce el sistema. Mientras, todos pero particularmente los huéspedes, somos depredadores del organismo superior que nos sostiene a todos. Por cierto que consultando acerca de la etimología de la palabra, ejercicio que os recomiendo encarecidamente practicar con asiduidad acerca de las palabras que usamos, descubro que parásito procede del griego “comensal”. En fin, qué deseable sería poder compartir el banquete sin necesidad de devorarnos, pero parece no logramos abandonar la selva. Y un último apunte. Entre los pequeños detalles altamente metafóricos o significativos que contiene la película (como el propio título) y que, de nuevo, nos resitúa en el reino animal, otro acerca del olor, elemento clave en esta tragedia, o el lugar espacial que ocupan los auténticos protagonistas del film que, por supuesto, son los parásitos y no los huéspedes, y que la cámara muestra con el movimiento de cámara que con tanta inteligencia y maestría abre y cierra la historia. Podría seguir pero  no voy a cobrar por esto, así es que paso a la producción a riesgo de tener que parasitar a alguien. En fin: ¡no os la perdáis!

Annie Ernaux: trascender el yo

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Annier Ernaux en blog Eva Muñoz

El prestigioso premio Formentor ha reconocido este año la trayectoria de la escritora francesa Annie Ernaux, precursora de la literatura del yo. Trazo su perfil en un artículo publicado en el Cultura/s de La Vanguardia, donde también recorro la historia de este premio y mítico encuentro literario que cada año cierra el verano desde el enclave mallorquín. Podéis leer el artículo a continuación.

Nacida en la localidad normanda de Lillebonne en 1940, Annie Ernaux es autora de una veintena de libros de carácter eminentemente autobiográfico, entre los que destacan títulos como El lugar, La vergüenza, El acontecimiento, La mujer helada, Memoria de chica, No he salido de mi noche, El uso de la foto o Los años; los cinco últimos publicados en España por Cabaret Voltaire.

De lenguaje desnudo y naturaleza intimista, la escritura de Ernaux reviste  un perfil singular dentro del panorama de la autoficción o literatura del yo (categorías, por cierto, en las que rehúsa encuadrarse). Esa singularidad probablemente radica en la distancia que la autora parece tomar de la persona que es o que fue cuando la aborda literariamente y que a veces se traduce en el uso de la tercera persona. Un distanciamiento del que también da fe el lenguaje directo y despojado, antirretórico. No hay complacencia ni nostalgia en su relato sino voluntad de comprender, de aprehender la realidad, lo acontecido, lo que se oculta o se escamotea: el deseo, la vergüenza, el tiempo, ejes que articulan su escritura. La autora conjuga constantemente la necesidad de conocer cómo operan esas pulsiones y dimensiones que contienen la vida, y la voluntad de trascender la vivencia individual para alcanzar la historia colectiva, un mecanismo que es especialmente visible en Los años.

Desdoblamiento

En Memoria de chica, Annie Ernaux se sumerge en el verano de 1958, el de su primera noche con un hombre, en la colonia de S, en el Orne. Una noche que iba constituir un “agujero incalificable” en el tejido de la memoria. Y sin duda lo más interesante de este breve pero magistral libro sea la coexistencia en la narración de las dos identidades de la autora: la de sus dieciocho años y la actual. Ernaux renuncia a fundir a ambas en un solo “yo” y opta por disociar a la primera de la segunda con el fin de “explorar el abismo entre la espantosa realidad de lo que ocurre, en el momento en que ocurre y la extraña realidad que reviste, años después, lo que ha ocurrido”. Una voluntad pues de desentrañar la verdad que Ernaux entiende como la mayor fidelidad posible a la realidad (de lo sucedido, de lo sentido) a través del lenguaje.

Esa contraposición de voces que encontramos en Memoria de chica adopta en El uso de la foto diversas formas: la existencia de dos miradas, una pasada y otra actual, pero también la suya y la de su amante. El origen de este singular e importante libro está en el deseo de la autora de fotografiar el paisaje tras el amor: la suerte de bodegón o naturaleza muerta que, a la mañana siguiente, conforman la mesa con los restos de la cena, las sillas desplazadas, la ropa revuelta y tirada en cualquier parte que atestigua la urgencia de los cuerpos al desprenderse de ella… Hay algo profundamente liberador e incluso subversivo en el artefacto de Ernaux: la historia de la que se da cuenta a través de la sucesión de fotos y las correspondientes narraciones en las que se alternan las voces de la escritora y de su amante, el también escritor Marc Marie, es la de una pasión amorosa en el momento en que ella, una mujer de sesenta y tres años, veinte años mayor que él, sufre un cáncer de pecho. Lo que en el imaginario convencional es un periodo de enfermedad y sufrimiento, asociado a la muerte y en las antípodas del erotismo, es aquí el momento de la vivencia de una pasión amorosa, de un cuerpo que es mostrado a un tiempo intervenido y deseado.

Huellas

Historia de amor, relato erótico, suerte de ensayo acerca del uso y los límites de la fotografía, indagación en torno a la enfermedad, la muerte y el deseo, en torno al paso del tiempo. Son temas recurrentes en Ernaux, como la construcción de una identidad, la necesidad de emancipación de la familia y de la sociedad, centrales en Memoria de chica, La mujer helada; o la vejez, la decadencia del cuerpo y de la mente, la necesidad del otro y el cuidado o la transformación de la relación con nuestros padres a lo largo de la vida que aborda en No he salido de mi noche, el diario donde la autora consignaba sus impresiones al regresar a casa tras visitar a su madre, enferma de alzhéimer, en la clínica geriátrica en la que pasó los dos últimos años de su vida. Asuntos que siempre se inscriben en un contexto social, el de la protagonista, el nuestro, del que se nos entrega un retrato en forma de huella o huecograbado. Por su parte, La mujer helada, considerado uno de sus libros más representativos, es el relato de una transformación, de niña libre y que tiene como referente a una madre fuerte procedente del entorno rural y liberada de algunas de las convenciones sociales de la época, a mujer adulta, burguesa, que acepta las convenciones y, por lo tanto, es mucho menos libre. La renuncia a esa libertad es lo que la convierte en una mujer helada. El libro es el relato de lo que la propia Ernaux hubiera podido ser o, mejor, de la que fue en parte y de la que se deshizo, justamente, a través de la escritura.

Aunque la obra de Ernaux resulte radicalmente feminista, sería erróneo encuadrar a esta escritora nacida en provincias y residente en Cergy, voluntariamente apartada de los cenáculos culturales de la capital, en esa u otra categoría. La misma vocación de autenticidad que caracteriza su prosa tiene su traducción moral en lo que parece ser una irreductible voluntad de ser ella misma, sin plegarse a ninguna prescripción o ideología, únicamente fiel la verdad de la (su) vida. Y es precisamente esa actitud la que resulta profundamente liberadora y emocionante, y la que explica su altura literaria.

La conspiración Formentor

A lo largo de 90 años, el enclave de Formentor en la isla de Mallorca ha mantenido un vínculo con la cultura literaria y cosmopolita de una continuidad excepcional en el panorama español. Hoy, el ya mítico hotel Formentor sigue auspiciando el premio literario homónimo y constituye una suerte de espacio protegido desde un punto de vista paisajístico y cultural.

Un recodo del cabo Formentor, unas vistas espléndidas sobre la bahía de Pollensa, un hotel “más que elegantísimo, exquisito” (según Carlos Barral, que debía de haberse alojado en unos cuantos) y todo, cabo, hotel y el premio que allí se celebra, bajo el signo de Formentor, del trigo -según la etimología-, la luz y el mar. Todo remite a la mediterraneidad, a la belleza del paisaje natural, el mismo que veían los clásicos, aquellos a quienes evoca y quiso convocar Robert Graves algo más hacia el poniente de la isla. Lo dice Basilio Baltasar, presidente del Premio Formentor y director de las Conversaciones Literarias, con quien conversamos una mañana de julio mientras ultima los preparativos para la celebración del evento literario que, a finales septiembre, marcará la clausura definitiva del verano y el comienzo del año académico y editorial. “Es una impresión compartida por todos los que nos reunimos aquí. Este lugar evoca los paisajes que en nuestro imaginario asociamos a la Grecia clásica. Al mismo tiempo, este paisaje conservado pero que parece en trance de desaparecer provoca un sentimiento de nostalgia, la sensación de encuentro con la belleza original”.

Una conspiración estética

Y en medio de esa belleza, un premio y unos encuentros que tienen el carácter de una confabulación: reivindicar la excelencia literaria a través de un puñado de hombres y mujeres que se reúnen para algo tan necesario como perfectamente inútil en términos estrictamente mercantiles: conversar en torno a las obras de la imaginación que fundamentan el tronco de la cultura europea. Ese es el espíritu subyacente al premio y a las conversaciones, las que se celebran desde el año 2011 y las originales, las que arrancaron con las Conversaciones Poéticas organizadas en este mismo hotel por Camilo José Cela en 1959. Y también era el espíritu de una denominada Semana de la Sabiduría, que en el año 1931 y auspiciada por el entonces propietario y fundador del hotel, el abogado y mecenas argentino Adán Diehl, organizaba el conde Keyserling.

Pero volvamos al segundo momento clave de este relato, aquél en el que, según refiere Barral en sus Memorias, “el refinamiento de Camilo José Cela, en funciones de nuevo conde Keyserling, y la generosidad de los propietarios del hotel”, entonces la familia Buadas, “emparentó” a un grupo de editores, escritores y gentes de letras con este rincón de la isla. El escritor gallego había descubierto Mallorca en el año 54 y había decidido fijar allí su residencia. Como editor de la revista Papeles de Son Armadans, Cela convoca en 1959 las Conversaciones Poéticas en Formentor. Uno de los participantes en esas conversaciones es el joven poeta y editor Carlos Barral. Y si la voluntad del futuro nobel era la de reunir a los escritores españoles, los del interior y los del exilio, tratando de salvar el socavón que la guerra civil y la posguerra habían abierto en la cultura española, Barral descubre su propio programa, que no es ajeno al anterior pero va más allá: de una parte, romper el cerco de la literatura y la edición española, aisladas por la censura, de otro, “agrupar a los editores literarios europeos en una verdadera conspiración estética: consolidar los valores de la alta cultura literaria y fundamentar el canon de la narrativa contemporánea”, en palabras de Basilio Baltasar.

Un empeño, el de Barral, que tuvo que vencer las reticencias de editores como Claude Gallimard o Giulio Einaudi, que se debatían entre la voluntad de participar en la empresa literaria a la que los invitaba el entonces (casi) imberbe editor catalán y el temor a que su participación contribuyera a dar una pátina de normalidad a la dictadura. Resolvieron el dilema a favor de su participación, y Formentor, escribe Barral, “se convirtió en una referencia constante para la vanguardia de la edición europea y en el ágora literaria más importante y famosa de la década de los sesenta”. Y todo ello, en pleno franquismo (aunque fuera en casi la más remota de sus esquinas). Si le sumamos los nombres de algunos de los primeros premiados, Jorge Luis Borges, Samuel Becket, Saul Bellow o Witold Gombrowicz , y “los tragos y los baños” que, como reconoce Jorge Herralde, editor que frecuentó aquellos encuentros, amenizaban las conversaciones literarias, no sorprende el halo mítico que aún hoy envuelve la cita literaria. Ni tampoco que en 1962, las Conversaciones acabaran por decreto del régimen franquista. El Premio se prolongó en otros lugares hasta 1967, “cuando se agota la alianza de los editores a causa de los cambios en el mercado editorial, en los derechos de autor y en las perspectivas culturales”, explica Baltasar.

Recuperación

Aquella breve pero brillante aventura dejó una huella importante en la memoria literaria colectiva y en la de las gentes de la isla, que hizo que en el año 2008, cuarenta años después de fallado el último premio Formentor, Simón Pedro Barceló, nuevo propietario del hotel, se pusiera en contacto con el escritor, editor y periodista Basilio Baltasar “para rescatar este pasado ilustre y dar al Premio Formentor una nueva actualidad, prolongando el mismo espíritu que inspiró su origen”, relata Baltasar. Y así, en 2011 y con el mecenazgo de las familias Barceló y Buadas, se recupera el Premio Formentor, que ahora es definitivamente a una trayectoria literaria y no a una obra concreta y ese año premia al escritor mexicano Carlos Fuentes.

Los premiados en las siguientes ediciones, Juan Goytisolo, Javier Marías, Enrique Vila-Matas, Ricardo Piglia, Roberto Calasso, Alberto Manguel, Mircea Cartarescu y Annie Ernaux, que recogerá el premio el próximo 20 de septiembre, dan idea del firme compromiso artístico del galardón. “La conciencia del hombre contemporáneo se deposita en las grandes obras literarias. La complejidad de la condición humana se comprende y elabora mediante las creaciones del talento narrativo”, afirma Baltasar. En este sentido, Formentor constituiría un cierto canon de la narrativa contemporánea, “el canon de las obras eminentes, las de aquellos artistas que captan el pálpito del alma contemporánea con esmerada habilidad artística”. La  calidad de los premiados sin duda explica también el prestigio que hoy mantiene el Premio Formentor,  y que traduce la labor de un jurado “que trata de mantenerse ajeno a los caprichos del mercado y a la hipnosis del consentimiento general buscando, exclusivamente, la conciencia artística de lo literario”. Un jurado que, en definitiva, trata de devenir cierta guía, referencia, mapa, que es algo para lo que deberían servir los premios.

Los próximos 20 a 22 de septiembre, un grupo de escritores, lectores, editores y periodistas, amantes de la literatura y firmes creyentes en lo que Nuccio Ordine llama “la utilidad de lo inútil”, se reunirán en el bellísimo enclave del hotel Formentor para conversar, esta vez, acerca de bestias y monstruos y el papel central que esas oscuras criaturas han desempeñado en imaginación literaria y para señalar y celebrar la trayectoria literaria de la escritora Annie Ernaux, que con su acerada y transparente escritura toma el relevo este año en esa cadena de nombres que marcan el mapa de la mejor creación literaria.

El arte del error: Territori Contemporani cap. 37

UNA CASA VACÍA en Les Garrigues que es un centro de producción y exposición de arte contemporàneo, Major 28; un artista no menos singular que trabaja en torno a la estética y la política del error y del fracaso, Jan Monclús; el cuento de una salchicha; la Fundación Arranz-Bravo de l’Hospitalet contada por su director, que nos habla también de un momento artístico fecundo en esta ciudad… Y todo ello bajo los auspicios de la poeta María Negroni y el escritor Enrique Vila-Matas, perfectas presencias tutelares para un programa en el que sobrevuela el error como posibilidad creadora y la cámara sobre campos y tejados.

Territori Contemporani, capítol 36

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A l’últim capítol de Territori Contemporani, entrevistem al pintor Gino Rubert i visitem la Nau Gaudí a Mataró i la Fundació Perramon a Ventalló. Per cert que el savoir faire de la que escriu aquestes línies i el programa i el de tota la resta de l’equip, van mereixer el passat 7 de març el premi Carles Rahola al millor programa de televisió: visca!