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fotos banys forum en blog eva muñoz

No era más que una playa urbana y, sin embargo, era mucho más que una playa urbana.

Domingo. Sol. Otro día de sol como todos estos que nos está regalando esta Navidad. Todo es igual pero es más hermoso. Salgo con mi hijo a pasar el día fuera, a bañarnos en el sol, al menos, a abandonar la casa tras una mañana de televisión. Son las tres de la tarde. Vamos a coger el tranvía y vamos hasta el Forum, a visitar el Museu Blau.

Desde la gran explanada de cemento donde se levanta el edificio de Herzog y de Meuron veo el mar al fondo. Dejamos atrás los edificios: ése, el centro de convenciones del otro lado. De nuevo me desconciertan las letras amarillas en las que se lee “centro internacional de convenciones de Barcelona” porque me parecen de parque de atracciones y esta inmensa explanada de cemento que es el Forum bien podría albergar uno… suerte que la gente le da un cierto uso: algunas familias y algunos niños, como nosotros, juegan en el parque infantil tras el edificio azul.

Quiero llegar hasta el mar. Hoy sí. Arrastro a Rodrigo hasta el mar (él prefiere quedarse en el parque infantil, con un gran tobogán y unos teléfonos, cómo llamarlos, inalámbricos, sin duda). Quiero ir a comer allí. Le convenzo diciéndole que hay una larga rampa para bajar por la que deslizarse con el patinete. La hay. Al final de la rampa hay una barrera para los coches que limita la velocidad, una garita, como si fuera un terreno privado (fastidio) pero no lo es: “Parc del Forum”, se lee, y unas normas de velocidad y unos horarios de acceso. Caminamos un poco más y llegamos a una pequeña playa de cemento.

A diferencia de la desbocada explanada de arriba, sin márgenes, sin forma, aquí la extensión de cemento está limitada: hay gradas, líneas verticales y horizontales, geometrías, vacío y una hermosa luz, y de pronto ya no me hace falta nada más que este lugar, esta luz, comer el bocadillo con mi hijo, ver a mi hijo que baja hasta el borde del agua con su patinete, porque hay un borde, el acceso al mar es como una piscina, con las escaleritas que descienden y se meten en el agua, mi hijo que recorre los distintos planos con su patinete, que salta luego de roca en roca por el espigón hasta el lugar donde un gato negro dormita al sol, donde un hombre espera sentado junto a su caña de pescar. Soy feliz así, contemplándolo a él, contemplando el lugar, apenas transitado por nadie más, gozando de este modestísimo descubrimiento mientras sea capaz de sentir que este lugar despojado, algo desolado pero bañado por esta luz cálida del atardecer me pertenece como imagen y vivencia, en su sugerencia de un cuadro de Hopper que yo compongo en mi cabeza.

Tomo fotos, miro el horizonte, un velero que lo cruza, un yate, mi hijo saltando por el espigón. Tomo fotos del gato como me pide Rodrigo. Nos vamos. Volvemos al Forum, a la gran explanada, hemos quedado allí con unos amigos que han venido caminando por la playa para entrar en el Museu Blau que, ahora ya, en medio de esta oscuridad, tiene un acceso algo siniestro, esa pequeña, oscura entrada a esa gran inmensidad oscura. Allí vemos la exposición interactiva, la de animales venenosos que tanto fascinan a Rodrigo. Al salir muchos chinos entran y salen del auditorio del edificio, se desperdigan por la explanada. Tres de nosotros nos acercamos con la intención de entrar pero nos dicen que es un encuentro privado. Hace frío. Es de noche. Hay luna llena. Nuestros niños juegan en el parque infantil. Uno de nosotros los llama. Volvemos a casa amparados en la acogedora luz del tranvía que cruza la noche urbana. No hay luces de navidad aquí. Antes, un rato antes, viendo atardecer en la inmensa explanada, gozando, al menos, de su cielo abierto, pensaba que hay muchas ciudades en esta ciudad. Seguro que hay muchas ciudades en todas las ciudades.

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