
Miriam Reyes se maneja de algún modo entre lo carnal y lo metafísico (aunque es probable que ella niegue este extremo), rompiendo polaridades. Eso enuncia y anuncia ese magnífico primer poema que abre Con, uno de los mejores poemas recientes escritos en castellano. El libro en su conjunto es un gran libro, merecedor de que lo hayan distinguido con el Premio Nacional de Poesía. El propio libro se distingue, la voz poética de Miriam Reyes. Y no es nada fácil distinguirse en este panorama tan lleno y donde hay excelentes voces poéticas, pero ella abre un camino nuevo.
Tras ese primer poema, el segundo reafirma que el cuerpo todo presiente y la sangre vaticina. Hay un pensar con el cuerpo, una voluntad de incorporar toda la vitalidad y materialidad del mundo al poema desde esa sustancia, un tratar de romper el caparazón mental del lenguaje, como “la fruta rompiendo en mi cabeza”.
Dar voz al cuerpo y, desde ahí, desde él o ello describir la aproximación inicial de dos amantes (la relación toda). No desde el punto de vista emocional o sexual sino epistemológico y hormonal si acaso eso fuera posible: “umbral o carne / párpado o ala / interrogación o fruto // ¿qué es lo que abres / cuando me abres?”.
Cómo el cuerpo, a la vez palpitar, presentir y diente, vive la ruptura o desbordamiento epitelial o perimetral del encuentro con otro cuerpo. Hay algo cúbico o abrupto, mineral, en la forma verbal de Miriam, entre lo mucho carnal y vegetal. Es, sí, la vida bullente y el vínculo haciéndose verbo.
Y la criatura, el sujeto, que es cuerpo desbordado o penetrado, amalgamado en parte(s) o a veces advierte “Peligro/Temores”, según enuncia la segunda parte del poemario. Lo que cuenta aquí a sí mismo y a todos lo hace de un modo que se diría oracular: “es de esperar”; “no es propicio”; “la oportunidad se pierde”; “está dispuesto a especular”. El temor o la incertidumbre hace invocar a esa voz por fuera, que tal vez no es sino hipotética o especulativa. Una voz oracular que a la vez acompaña a este intento de des-subjetivación o, mejor, de ruptura de la subjetividad convencional, psicologista, que encarna la voz de la poeta, una subjetividad que une mucosa y metáfora.
“Con”, esa pequeña partícula del lenguaje, tal vez no sea la única pero sí una de las pocas certezas en un lugar, el nuestro, de incertidumbre, desnudez y ambivalencia, cuestiones que atraviesan todo el poemario. Lo sintetiza el último poema: “Luego no termina aquí ni en lugar // se continúa infiltrando el cuerpo / para derribar la muralla // se continúa trabajando el signo / para construir lo mutuo”.









